Encerró a sus hijastros para castigarlos… sin saber quién acababa de regresar-nganha

El calor de Monterrey siempre tenía algo de implacable.

No importaba cuán gruesos fueran los muros, cuán altos los ventanales o cuán potente el aire acondicionado escondido en los techos de una residencia de lujo.

Cuando el sol caía con furia sobre la ciudad, todo parecía arder igual.

Pero aquella tarde, el calor no era lo peor dentro de la casa.

Lo peor tenía nombre.

Y tacones.

Sofía, de ocho años, ya había aprendido a distinguir el estado de ánimo de su madrastra antes de verla.

Lo sabía por el sonido de sus pasos.

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