La última visita de su hija sacudió toda la prisión-Veve0807

A las seis en punto de la mañana, los cerrojos de la galería de máxima seguridad sonaron como si alguien hubiera golpeado una campana de hierro dentro del pecho de cada preso.

No era una hora cualquiera.

En aquel pabellón, todos sabían que las puertas no se abrían así de temprano sin una razón definitiva.

El eco avanzó por el corredor largo, húmedo y gris, rebotando contra paredes que ya habían escuchado demasiadas súplicas, demasiados gritos, demasiadas despedidas.

En la celda 14, Ramira Fuentes levantó apenas la cabeza.

No dormía.

Llevaba horas con los ojos abiertos, sentada en el borde de la litera, mirando el cemento como si en alguna grieta fuera a encontrar una respuesta que la justicia nunca quiso darle.

Cinco años antes, cuando la encerraron, todavía tenía el cuerpo fuerte, la voz completa y una fe casi insolente en que la verdad bastaría.

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